Distracción Fatal

Superado el trámite de las primarias, la maquinaria de guerra electoral que es Podemos debe ponerse en marcha. La batalla para la que se creó -acabar con el bipartidismo- se dirimirá este año. Y todo lo demás es secundario, porque a partir de ahora toda distracción es una ventaja añadida para un adversario rabioso y desesperado en una guerra ya de por sí asimétrica.

Si Podemos logra situarse por encima del 15% -y todo parece indicar que podrá el bipartidismo quedará malherido, tanto por la desaparición mas o menos agónica de algunos de sus actores actuales, como por un nuevo equilibrio de fuerzas basado en actores que rechazan un marco conceptual basado en unos ejes obsoletos (izquierda-derecha) que ya ni describen ni explican, ni predicen nada.

Pero han aparecido “distracciones”; otras entidades reclaman la atención de la maquinaria, impidiéndole concentrarse en su verdadero objetivo. Algo, cuando menos, inoportuno. El problema no es tanto el carácter o componentes de las entidades, sino como son percibidas por la ciudadanía (radicales, perdedoras, comunistas, antisistema…) y, mas secundariamente, sus propuestas.

La gran baza de Podemos es su apuesta por un escenario ideológico nuevo, un relato diferente que conecta directamente con los orígenes de la indignación popular y es capaz de movilizar a ciudadanos tradicionalmente alejados de la política. Al negarse a usar el discurso del adversario (izquierda-derecha, capitalismo-comunismo…) ha podido presentarse como un alternativa nueva, válida y viable. Ha tenido que construir nuevos discursos, verosímiles, capaces de explicar, predecir y proponer. Igualmente canalizar, casi sin estructura, la ingente cantidad de ciudadanos que se acercaron a los Círculos. Esto último está suponiendo un proceso doloroso, análogo al dolor de huesos propio del crecimiento, metáfora sumamente acertada que suele usar Sergio Pascual.

Una vez que el discurso ha madurado y es ya compartido incluso por el adversario, una vez que la maquinaria se dota de una organización horizontal pero funcional. Una vez que todo esto se consigue, los distractores aparecen. Que el distractor sea bienintencionado o que ni tan siquiera sea consciente de su condición no es óbice para que debilite igualmente la maquinaria y nos reste unas fuerzas que -indudablemente- necesitaremos mas adelante.

Tan previsible era la aparición de los “Comuneros” como poco creíble era la disolución de los “Anticapis”. Probablemente ni unos ni otros sean conscientes que sus propuestas y llamadas a la “pureza” y “unidad de la izquierda” sustrae posibilidades a Podemos. Porque, como decía David Benavides, Podemos (algo nuevo) existe porque lo anterior (izquierda “auténtica”, frentismos y confluencias…) ha fracasado siempre.

Los conceptos de lucha de clases, nacionalización, colectivización o proletariado -propios del siglo XIX- generan rechazo -justificado o no- en una gran parte de los votantes, un rechazo irracional y emocional, el mas difícil de modificar. Igualmente la socialdemocracia ha perdido su carácter de alternativa viable, convertida en un elemento inherente e interesado como “cara amable” del problema, casi asimilada por el neoliberalismo.

El votante al que se dirige Podemos se percibe como progresista pero no colectivista, quiere recuperar derechos, mas que alcanzar utopías,no quiere votar al bipartito, pero tampoco apoyar experimentos sociales o fuerzas a las que percibe como “radicales” o “antisistema”. Un votante que se informa por televisión y que usa las redes sociales, que no necesita acudir a las asambleas, ni quiere ser empoderado por nadie.

Ana Terrón, afirmaba que la unidad popular no se construye a base de activistas, sino de mayoría social y que esta mayoría social no es más que gente corriente (tu médico, tu frutero, tu suegra) a los que hay que seducir con una propuesta de mínimos, concreta y viable. Con discursos obsoletos, identitarios, de máximos, trufados de conceptos del siglo XIX no creceremos, sino que los repeleremos y si repelemos a demasiados… fracasaremos.

El Converso

Hace unos seis meses, tras una profunda desilusión con el sistema de participación abandoné Podemos tras un proceso de primarias agotador. Critiqué un sistema de participación que consideraba poco fiable y escasamente válido. El sistema no solo era ventajoso para los compañeros mas mediáticos, sino que sus vulnerabilidades eran explotables por grupos de interés para impulsar a sus propios candidatos y propuestas.

Meses después volví a interesarme y participar de la vida política y hace unas semanas volví a inscribirme en Podemos. Lo paradójico es que lo que me impulsaba a volver es lo mismo que me impulsó a irme. Supongo que he tenido mi camino a Damasco particular y como el de Tarso, mi propia conversión es tan fiera como era mi beligerancia.

El impulso definitivo a mi interés por reincorporarme al Círculo son las críticas que ha recibido la propuesta del Consejo Ciudadano Estatal para las primarias nacionales. El sistema sigue necesitando un rediseño que permita subsanar sus deficiencias. Pero las críticas no parecen objetivas, sino mas bien injustificadas o mas probablemente interesadas.

  • Se acusa al Equipo de Pablo Iglesias de ser una lista “plancha” cuando el votante podrá marcar y desmarcar los candidatos que quiera, podrá crear su propia lista mezclando como crea conveniente a los candidatos de todas las listas.
  • Se le acusa de ser una lista completa y excluyente cuando solo ocuparía 60 de las 350 plazas disponibles, dejando libres las otras 190.
  • Se le acusa de alejarse de la ciudadanía cuando son primarias totalmente abiertas, no es solo que pueda presentarse quien lo estime conveniente, de hecho incluso en su propuesta hay bastantes candidatos “independientes”.
  • Se le acusa de centralismo cuando desde el principio Podemos trató de luchar contra los perversos sistemas de circunscripciones. Siempre pidiendo circunscripción única y ahora que la tenemos tampoco nos gusta.

Por mas que lo intento no logro compartir o tan siquiera comprender las críticas, se puede votar a quien se quiera, permite -facilita, diría yo- la presencia de independientes y su propuesta cubre menos de la quinta parte de las plazas disponibles. Siendo malpensado, que lo soy, resulta cuando menos llamativo observar como los que critican tal método no han dudado en apoyar y usar sus -ahora- odiadas listas plancha combinada con su -ahora- odiada circunscripción única en las primarias para las autonómicas y para el senado. Parece como si entonces fueran buenas y ahora, de repente, se han convertido en malas, como si lo malo no fuera la idea sino quien la propone.

Uno de los principales atractivos de Podemos es, no lo olvidemos, la credibilidad de sus impulsores y la solidez de sus propuestas, que son capaces de seducir a una ciudadanía en principio incrédula y reticente. Participar es atraer ciudadanos independientes, pero es también empujarlos dentro del sistema para que lo arreglen.

Cambiar las instituciones no es posible sin entrar en ellas y para entrar en las mismas necesitamos el apoyo de una mayoría de ciudadanos que nos confíen su voto. Hay que luchar por esos votantes, que no acuden -ni quieren ni tienen que hacerlo- a las asambleas, que no participan -ni quieren ni tienen que hacerlo-– en la elaboración comunitaria de los programas, que no quieren refundar el capitalismo sino recuperar sus derechos. Ellos juzgarán y apoyarán -o no- con su voto nuestras propuestas.

Esos ciudadanos participan votando y entregaran su voto a aquél en quien confíen, probablemente al equipo mas sólido, no al mas participativo, al mas capaz, no al mas asambleario. La verdadera batalla se dará, de aquí a Noviembre, en las calles, pero sobre todo en los medios. Esa, la batalla por -y para- los medios es la que -me parece- está detrás de una parte importante de las críticas.

En esa batalla quiero participar. Y quiero hacerlo, asumiendo la insignificancia e intrascendencia de mi aportación, del lado de los que están siendo atacados injustamente. Del lado del Equipo encabezado por Pablo Iglesias, que fue el que hace un año y pico me devolvió la esperanza en la política.